UN POCO DE MI

Hola, soy Olga

Desde muy chica sentí que tenía una forma especial de mirar y escuchar a los demás. Siempre fui empática, sensible y con una gran necesidad de acompañar a quienes estaban atravesando momentos difíciles.

Pero mi camino no fue lineal. Pasé por vínculos muy complejos, primero con mi mamá —una mujer con patología narcisista— y luego con mi marido, donde sin saberlo, repetí patrones de dolor. Esos vínculos me llevaron al límite: ansiedad, ataques de pánico, problemas de salud, obesidad, arritmias,y hasta un preinfarto. Llegué a pesar 110 kilos y, más que nada, a sentirme perdida.

Toqué fondo. Pero en esa oscuridad también comenzó la transformación.
Comencé a estudiar Consultoría Psicológica y fue ahí, estudiando, que empecé a sanarme. A entender. A poner palabras. A soltar culpas. A habitar mi cuerpo y mis emociones de otra manera.

Durante esos años no solo aprendí herramientas teóricas, sino que atravesé un proceso personal profundo.
Sané parte del vínculo con mi madre, me separé, y luego, a través de la biodecodificación, pude ir aún más allá: comprendí la historia de mi árbol, los mandatos, los dolores heredados... y empecé a transformarlos.

Hoy acompaño a otras personas en sus propios procesos de transformación, con respeto, presencia y sin juicios. No porque tenga todas las respuestas, sino porque también estuve ahí.

Y si vos estás acá, leyendo esto, no es casualidad. Tal vez sea tu momento de empezar a sanar.

Estoy para acompañarte.

Sanar el cuerpo, sanar el alma

Durante mucho tiempo llevé un peso que no era solo físico.
Llegué a pesar 110 kilos, pero lo más difícil no era la imagen en el espejo, sino todo lo que mi cuerpo estaba cargando simbólicamente: emociones no dichas, mandatos heredados, silencios, culpas, la historia de una niña que no fue vista por su mamá.

No se trataba de estética.
Era el peso de haber sido criada por una madre con rasgos narcisistas, de haber escuchado frases como: “Yo te tuve para que me cuides”, y crecer creyendo que mi existencia era útil solo si me adaptaba a las necesidades del otro.
Era el peso del deber, de la invisibilidad, del abandono emocional disfrazado de exigencia.

La comida no era un placer, era una forma de calmar la ansiedad, de tapar el dolor, de sobrevivir.
Y mientras más me desconectaba de lo que sentía, más me alejaba de mí.

Todo cambió cuando me animé a mirar adentro.
Cuando comencé la formación en Consultoría Psicológica y luego en Biodecodificación, no solo estudié: viví una transformación. Comprendí que ese peso tenía un sentido, que mi cuerpo hablaba, y que podía dejar de castigarlo para empezar a escucharlo.

Bajé 45 kilos, pero sobre todo solté cargas invisibles.
Sané vínculos, puse límites, elegí no repetir con mis hijos lo que viví con mi madre. Me vi, por fin, desde otro lugar. No por cómo me veía, sino por cómo me sentía: libre, liviana, consciente.

Hoy acompaño a otras personas en este camino. Porque sé lo que se siente.
Y porque estoy convencida de que cuando sanamos, no solo cambiamos nuestra historia: transformamos la de quienes vienen después.

A partir de mi transformación, que no solo fue visible por fuera sino que nació desde lo más profundo de mi ser, tomé una decisión valiente y trascendental: cambiar de lugar, cambiar de vida.

Toda mi vida viví en zona oeste, un espacio conocido, cómodo, familiar... pero sentí que necesitaba algo más, algo que me invitara a conectarme conmigo misma de una manera más auténtica y profunda.

Así fue que me animé a dar ese salto que siempre parecía lejano, casi imposible. Me mudé al bosque y al mar, un lugar que nunca imaginé que sería para mí, pero que hoy sé que es exactamente donde debo estar.

Aquí, entre el susurro de los árboles y el vaivén de las olas, encuentro la paz y la inspiración que mi alma necesitaba. Este lugar me permite escucharme, cuidarme y abrazar esa felicidad que tantas veces sentí esquiva.

Este cambio es más que un movimiento físico: es la manifestación de un renacer, una invitación a vivir plenamente, con intención y con amor hacia mí misma.